El cuasi mercado de la Educación en Chile

En el contexto del modelo capitalista de desarrollo chileno, el diseño del sistema educativo se basa en un concepto restrictivo de subsidiariedad y uno muy amplio del mercado como asignador de recursos y orientador de un conjunto de transacciones entre “compradores” y “proveedores”. Se entiende la educación como un bien de consumo transable en un mercado. El rol subsidiario opera cuando hay insuficiencias del mercado, a través del subsidio, para asegurar el acceso de las familias que no pueden adquirir autónomamente educación para sus hijos.

Las movilizaciones estudiantiles de 2011 pusieron la crítica al sistema educacional en el centro de la discusión pública y plantearon reivindicaciones que están presentes en la agenda país. Las que más destacan son el fin del lucro, término de la selección adversa, gratuidad universal y fortalecimiento de la educación pública. Ya en una columna anterior señalé que lograr estos tres objetivos, no va a cambiar la lógica del sistema: la educación como un bien de consumo transable en el mercado. En las líneas siguientes intento develar esta lógica y sus mecanismos de operación.

Es necesario antes que nada despejar un aspecto conceptual: desde el punto de vista macroeconómico, el mercado educativo en su forma natural es bastante reducido en Chile: 5,1% de los proveedores y 7,2% de los consumidores. El resto, técnicamente es un cuasimercado, es decir, un mercado creado por el Estado a través de reglas de financiamiento, operación, adquisición y provisión del servicio. Pero que sea un cuasimercado no implica que funcione de manera distinta de un mercado natural, al revés, funciona como un mercado cualquiera en el cual consumidores y proveedores se relacionan a través de contratos de compraventa.

¿Cuál es la forma en que este bien público y derecho social se transforma en bien de consumo transable? La respuesta está en la metodología de financiamiento que opera como subsidio a la demanda. El proveedor obtiene el subsidio en la medida que logre incorporar alumnos a su matrícula, o sea, cuando las familias adoptan decisiones de compra que favorezcan a ese proveedor. De este modo los ingresos del proveedor dependen de la decisión de compra de la familia.

El Estado refuerza la conducta mercantil señalada con un procedimiento de señalización de calidad de todos y cada uno de los establecimientos educativos del país a través de una prueba nacional estandarizada, el SIMCE, que supuestamente orienta a las familias en su decisión de compra, a los proveedores en sus decisiones de gestión y al Estado para premiar o sancionar y eventualmente para retirar del mercado a los proveedores según el nivel de cumplimiento de estándares de rendimiento.

En la lógica de precios que impone el financiamiento compartido, la clasificación espuria del SIMCE impulsa al alza los precios de los establecimientos señalizados como “buenos”, lo que limita la decisión de compra autónoma solo a las familias que disponen de recursos para pagar ese precio, mientras aquellos que no disponen de excedentes tienen un rango mucho más estrecho de decisión. Además, mirando la distribución de los rendimientos escolares en la prueba SIMCE podemos darnos cuenta que los sectores vulnerables concentran la mayor parte de los bajos rendimientos, con lo cual la opción que tienen esas familia de educar a sus hijos en establecimientos señalizados como “mejores” es más limitada aún. Se estructura así una estratificación según la capacidad de pago de las familias.

Para elevar sus ingresos entonces, los proveedores buscarán lograr mejores puntajes en el SIMCE, y lo harán por los medios más eficientes, es decir que maximicen el resultado y minimicen el costo. Esto incentiva la discriminación de los alumnos que no presentan características predictivas de mayor rendimiento: origen cultural, rendimiento escolar previo, conducta escolar, presencia o ausencia de trastornos del aprendizaje o  de la atención, rendimiento en un examen de admisión, etc. De lo que resulta una segregación y estratificación por rendimiento, impidiendo así un importante factor de aprendizaje cognitivo y valórico del escolar, el efecto pares.

Resulta entonces que la transformación del sistema de mercado en uno de derechos sociales asegurados, estará interferida por la continuidad de la lógica de mercado que impone el subsidio a la demanda, ya que entidades con y sin fin de lucro entrarán en la lógica comercial, comportándose ambas exactamente igual.

Será necesario entonces terminar con este modelo y financiar la oferta, colocando estándares y requisitos exigentes para lograr el subsidio, así se incentivará una gestión que mire hacia los elementos que significan reales mejoras de calidad, respeto de la diversidad e integración social, para que el sistema educativo chileno pueda ser más equitativo, más integrado y centrado en la calidad.

Para El Examinador.cl
Patricio Cazanga Molina
Docente por vocación y Analítico al chancho